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¿Se puede construir un candidato presidencial?
La diferencia entre fabricar una imagen y construir un liderazgo nacional
Obtener algo de donde no existe nada es imposible. Ningún laboratorio de comunicación puede transformar, por sí solo, a una persona sin carácter, trayectoria, convicciones ni capacidad política en un liderazgo presidencial auténtico. Pero moldear una figura atractiva a partir de cierta fuerza interior, una historia defendible, una vocación reconocible y un carisma todavía incipiente no solamente es posible: es una de las tareas centrales de la política democrática.
Por eso, más que preguntar si se puede inventar un candidato presidencial, habría que preguntar si es posible construirlo. La respuesta es sí.
Pero construirlo no significa diseñar una imagen, elegir un vestuario, producir algunos videos, colocar frases en las redes sociales o contratar una batería de encuestas. Significa transformar a una persona con determinadas cualidades en una representación política capaz de encarnar los temores, las inconformidades, las aspiraciones y las esperanzas de una sociedad.
Ese proceso no ocurre de un día para otro. Tampoco puede resolverse exclusivamente mediante técnicas de mercadotecnia. Requiere política, liderazgo, comunicación, disciplina, resistencia y una relación directa, prolongada y muchas veces extenuante con los ciudadanos. Nada sustituye por completo el encuentro cara a cara.
Las redes sociales multiplican los mensajes. Las plataformas digitales permiten hablar simultáneamente con cientos de miles de personas. Un video puede convertir una expresión afortunada en un fenómeno nacional y un error de unos cuantos segundos en una crisis de enormes proporciones. Pero ninguna tecnología reemplaza la experiencia de mirar a los ciudadanos a los ojos, escuchar sus historias, conocer sus reclamos y comprender las diferencias profundas que existen entre una región y otra.
La personalidad y las habilidades individuales cuentan. El carisma importa. La inteligencia, la capacidad de reacción, la disciplina y la cultura política son indispensables. Pero también es determinante que cientos de miles, y eventualmente millones de personas, puedan conocer al aspirante, escucharlo, evaluarlo y sentir que existe algún vínculo entre su propia vida y la causa que esa persona representa.
Resulta fascinante observar cómo se forman estos liderazgos. Generalmente comienzan en reuniones pequeñas, auditorios incompletos, recorridos locales y encuentros que parecen irrelevantes para quienes solamente miran la política desde las grandes marquesinas. Poco a poco, si existe constancia, mensaje y organización, aquellas reuniones crecen. Después llegan los auditorios, las plazas públicas, los grandes mítines y, en nuestro tiempo, los videos virales, las transmisiones digitales y las comunidades que siguen diariamente a una figura política.
Una multitud no se forma solamente por acumulación de personas. Antes debe formarse una identificación. Quien aspire a la Presidencia de la República debe pagar el costo de convertirse en alguien digno de ser escuchado, seguido y, en algunos casos, admirado. También debe aceptar que será rechazado, cuestionado e incluso odiado por otra parte del electorado.
Esa polarización no siempre es deseable, pero resulta difícilmente evitable cuando una persona comienza a representar una opción real de poder. Mientras un político es irrelevante, casi nadie se ocupa de atacarlo. Cuando empieza a crecer, sus palabras, sus relaciones, su patrimonio, su familia, su pasado y hasta sus silencios se convierten en materia de escrutinio.
Así funcionan las democracias competitivas. Millones de ciudadanos acuden a las urnas para elegir a quien consideran capaz de gobernar, proteger, representar u orientar al país. Es difícil imaginar los procesos emocionales y los equilibrios personales que se requieren para enfrentar una decisión de semejante magnitud, incluso para alguien que se ha preparado durante años o décadas.
Antes del “por qué”, está el “de verdad”
La primera pregunta que plantea casi cualquier manual de estrategia es: ¿por qué quieres ser presidente? No es una pregunta menor. La respuesta contiene el propósito superior de la campaña. De ella puede surgir una idea que se repetirá hasta la extenuación y que deberá explicar a los electores qué causa justifica la búsqueda del poder.
Sin embargo, antes de preguntar por qué, habría que formular otra cuestión todavía más incómoda: ¿Realmente quieres ser presidente o presidenta?
No si deseas aparecer en las encuestas. No si quieres ser mencionado como aspirante. No si te gustaría recibir aplausos, aparecer en portadas o ser considerado presidenciable. La pregunta es si estás dispuesto a soportar el trayecto.
Porque una candidatura presidencial auténtica implica un viacrucis de orden, disciplina, exposición, incertidumbre, renuncias personales y resistencia física y emocional. Significa perder privacidad, aceptar ataques injustos junto con críticas merecidas, resolver crisis cotidianas y sostener una causa aun cuando las encuestas no respondan, los aliados vacilen y quienes alguna vez prometieron acompañar comiencen a tomar distancia.
Solamente después de responder afirmativamente esa pregunta puede construirse el “por qué”. Y el “por qué” no debe ser una frase creada en un cuarto de situación. Puede ser afinado por expertos, traducido a un lenguaje más claro y convertido en una narrativa eficaz, pero debe surgir de una convicción real. El electorado puede tardar en descubrir la autenticidad, pero casi siempre termina percibiendo la impostura.
La política no son relaciones públicas
Para un país como México, donde durante buena parte del siglo XX muchas decisiones políticas se distribuían desde oficinas, restaurantes elegantes, residencias privadas o salones reservados, resulta vital comprender que la política competitiva no es una modalidad sofisticada de relaciones públicas. Las relaciones públicas ayudan. Permiten construir redes, acercarse a empresarios, académicos, comunicadores, dirigentes sociales y liderazgos regionales. Facilitan el reclutamiento de aliados y pueden abrir espacios importantes. Pero no sustituyen la organización territorial ni crean por sí mismas una mayoría electoral.
Desde la alternancia del año 2000, pasando por las elecciones de 2006, 2012 y 2018, hasta los procesos internos y la elección presidencial de 2024, las campañas mexicanas se han vuelto más abiertas, prolongadas y complejas. Primero fueron las precampañas reales, aunque muchas veces se presentaran bajo otros nombres. Después llegaron los recorridos nacionales, las consultas internas, las encuestas para seleccionar candidaturas, las campañas digitales permanentes y una exposición pública que comienza varios años antes del inicio formal del proceso electoral. Cada elección ha vuelto la ruta más escabrosa.
Un aspirante debe superar conflictos internos, resistencias partidistas, errores propios, filtraciones, campañas negativas, investigaciones periodísticas, ataques digitales y crisis provocadas por declaraciones, relaciones personales o acontecimientos que muchas veces escapan de su control. Algunos de esos escándalos serán reales. Otros serán magnificados. Algunos más serán fabricados deliberadamente para probar la capacidad de reacción del personaje o para detener su crecimiento. La inocencia política se paga muy cara.
La desigualdad de origen
Los liderazgos cercanos al gobierno siempre cuentan con ventajas frente a quienes militan en la oposición. Poseen mayor visibilidad, acceso cotidiano a los medios, posibilidades de recorrer el territorio bajo responsabilidades institucionales y una relación más estrecha con las estructuras políticas y administrativas.
En cualquier democracia, el poder genera ventajas de exposición. El problema aparece cuando esas ventajas se convierten en utilización partidista del aparato público, subordinación de instituciones, intervención de servidores públicos o empleo político de los programas sociales y los presupuestos. Por eso, construir una candidatura presidencial desde la oposición requiere más tiempo, mayor energía y una estrategia mucho más cuidadosa.
Paradójicamente, la adversidad puede ayudar a formar un liderazgo. El gobierno buscará contenerlo, desacreditarlo o reducir su visibilidad. Cada obstáculo puede convertirse en una oportunidad para demostrar carácter. Cada ataque puede reforzar la identidad del aspirante, siempre que tenga capacidad para responder sin victimismo, inteligencia para elegir sus batallas y claridad para no ser arrastrado al terreno del adversario.
La lucha electoral no es una conversación académica ni una competencia de cortesía. Con frecuencia se compara con una guerra porque buena parte de su terminología procede del lenguaje militar: campaña, estrategia, territorio, operación, movilización, avanzada, defensa, ataque y cuarto de guerra.
Sin embargo, la democracia debe transformar la naturaleza de ese enfrentamiento. La sangre no debe ser real ni brotar del cuerpo de quienes participan. La violencia política, los atentados, las amenazas y los asesinatos no son una prolongación de la competencia democrática: son su negación.
La batalla democrática debe librarse con argumentos, símbolos, organización, información, imágenes, emociones y votos. La propaganda se mezcla con la información. La información se mezcla con la opinión. Los medios, los periodistas, los analistas, los activistas digitales y los propios ciudadanos producen diariamente interpretaciones que favorecen o perjudican a los contendientes.
En el cuarto de guerra se revisan los temas del día, las oportunidades, los ataques, los riesgos y las crisis que pueden estallar en cualquier hora o incluso en cualquier minuto. Pero ninguna sala de estrategia puede rescatar indefinidamente a un candidato que carece de criterio, disciplina o sentido político.
La comunicación puede potenciar un liderazgo. Difícilmente puede reemplazarlo. Hay otro fenómeno que la oposición todavía no termina de comprender. No sólo compite contra un gobierno popular; compite contra un régimen que ha logrado reconstruir buena parte de las estructuras de mediación política que durante la transición democrática adquirieron autonomía relativa. Durante casi tres décadas, maestros, organizaciones campesinas, sectores obreros, grupos populares e incluso buena parte de las organizaciones territoriales dejaron de responder de manera automática al gobierno y comenzaron a disputar su representación entre distintas fuerzas políticas. Esa competencia fortaleció el pluralismo mexicano.
Paradójicamente, la ruptura de varios de esos mecanismos de mediación durante el sexenio de Enrique Peña Nieto —particularmente en el ámbito educativo y sindical— debilitó a las organizaciones existentes sin crear instituciones nuevas capaces de sustituirlas. Sobre ese terreno avanzó con rapidez la Cuarta Transformación. A través de una combinación de liderazgo presidencial, programas sociales, reorganización territorial y una narrativa de representación directa del pueblo, Morena consiguió incorporar nuevamente a amplios sectores sociales a un mismo proyecto político.
No se trata de una simple restauración del viejo corporativismo priista, sino de la construcción de un nuevo sistema de mediación política, adaptado a las condiciones democráticas y a la comunicación digital, donde buena parte de los maestros, trabajadores, pequeños productores y organizaciones populares vuelven a identificarse electoralmente con el gobierno. Comprender esta transformación resulta indispensable para cualquier estrategia opositora, porque la competencia ya no se libra únicamente entre partidos: se disputa también el control de las organizaciones, de los territorios y de los mecanismos de representación social.
El carácter del aspirante
Someterse a ese trayecto requiere un tipo especial de carácter. No basta con poseer carisma. Hay personas carismáticas que se derrumban frente a la primera crisis. Tampoco basta con ser inteligentes. Existen personas de enorme preparación que no comprenden las emociones colectivas ni logran establecer una relación humana con los ciudadanos.
Un candidato presidencial necesita, entre otras cualidades, resistencia, templanza, curiosidad, memoria, sentido del humor, disciplina, capacidad para escuchar, rapidez para decidir y suficiente seguridad personal para rodearse de personas capaces de contradecirlo.
Debe aprender a convivir con el elogio sin creerlo todo y con el insulto sin destruirse. Necesita tolerar la incertidumbre y entender que una campaña no se desarrolla como fue planeada. Debe saber cambiar de táctica sin cambiar de propósito; corregir errores sin transmitir debilidad; reconocer derrotas parciales sin perder autoridad, y enfrentar la adversidad sin convertirse en una figura amarga o dominada por el resentimiento. Si esas condiciones existen, aunque todavía sean imperfectas, ya hay material para entrar en la pelea.
Ser oposición es subir la montaña
En muchos partidos y corrientes opositoras persiste la queja sobre lo injusto que resulta competir frente a un gobierno con altos niveles de aprobación, control territorial, exposición mediática, programas sociales y estructuras políticas consolidadas. La observación puede ser correcta, pero estratégicamente resulta insuficiente.
Eso significa ser oposición: comenzar desde abajo, caminar cuesta arriba y disputar el poder en condiciones desfavorables. Nadie facilitará el acceso al gobierno. Mucho menos lo hará una fuerza política que se considera depositaria exclusiva de la virtud popular, que ha construido una narrativa de superioridad moral y que presenta cualquier crítica como una forma de traición al pueblo o una defensa de privilegios.
La oposición no puede esperar que el oficialismo se comporte como árbitro neutral de su crecimiento. Tampoco puede reducir su estrategia a denunciar la inequidad. Debe documentarla, combatirla jurídicamente y exhibirla políticamente, pero al mismo tiempo necesita formar liderazgos, defender instituciones, organizar ciudadanos y construir una alternativa reconocible. Quejarse de la montaña no equivale a comenzar a subirla.
Conocer al elector
Cualquier manual de estrategia política señala que el primer paso consiste en estudiar al electorado: sus preocupaciones, sus aspiraciones, sus expectativas, sus enojos y su estado de ánimo. Pero no basta con una encuesta.
La demoscopia permite conocer preferencias, medir atributos, identificar problemas prioritarios y observar movimientos en la intención de voto. Es una herramienta indispensable, pero no sustituye una comprensión social, cultural y territorial más profunda.
México no es un solo electorado. Existen múltiples Méxicos: regiones industriales, territorios agrícolas, zonas turísticas, ciudades fronterizas, corredores metropolitanos, comunidades indígenas, zonas afectadas por la violencia, clases medias urbanas, trabajadores informales, jóvenes precarizados, mujeres que sostienen hogares, familias beneficiarias de programas sociales y ciudadanos que han perdido la confianza en casi todas las instituciones.
El Sistema Urbano Nacional identifica 453 ciudades con más de 15 mil habitantes, donde vivían 87.4 millones de personas en 2020. Además, México cuenta con 92 metrópolis en las que se concentra cerca de dos terceras partes de la población nacional. Un aspirante presidencial no necesita visitar mecánicamente cada localidad, pero sí comprender la geografía política y social del país: sus regiones, sus corredores económicos, sus centros urbanos, sus periferias y las comunidades que permanecen alejadas de la visibilidad metropolitana.
No se trata de sumar kilómetros. Se trata de acumular comprensión. Un recorrido sin escucha solamente produce fotografías. Una gira bien concebida construye diagnóstico, organización, lenguaje y confianza.
La oposición necesita alegría
Existe otro principio que suele olvidarse: el ánimo de una candidatura opositora debe equilibrar la crítica con la esperanza. Una oposición está obligada a señalar los errores del gobierno, denunciar los abusos y advertir los riesgos. Pero si su discurso se limita a la descalificación, termina proyectando enojo, nostalgia o desesperación.
La ciudadanía no cambia de gobierno solamente para castigar. Cambia cuando cree que existe una alternativa mejor. La crítica debe estar acompañada por una idea de futuro. La denuncia debe conducir hacia una propuesta. El señalamiento de la decadencia debe contrastarse con una imagen posible de progreso, seguridad, libertad y bienestar.
El odio y el amor políticos son extremos intensos, pero rara vez son suficientes para construir por sí solos una mayoría. Las elecciones competitivas suelen decidirse entre ciudadanos menos ideologizados: moderados, independientes, desencantados, abstencionistas potenciales y personas que viven su vida lejos de las pasiones de quienes se dedican profesionalmente a la política.
Hablar en todos los espacios como si se estuviera frente a los militantes más convencidos es uno de los errores más frecuentes de las campañas. El discurso que entusiasma a los propios puede asustar a los ajenos. Y cuando la oposición solamente provoca miedo, puede terminar reforzando al gobierno. Los ciudadanos suelen conservar lo conocido cuando la alternativa parece caótica, vengativa, improvisada o incapaz de garantizar estabilidad.
Una nueva mayoría no puede construirse únicamente desde la rabia. Necesita alegría, serenidad, confianza y esperanza. El verdadero adversario de cualquier alternativa democrática no es solamente el partido gobernante. También lo son el desánimo, el miedo, la resignación y la desconfianza social.
Traducir la realidad
Convertir los estudios del electorado en un mensaje claro es una de las tareas más complejas de una campaña, sobre todo en un país tan diverso y desigual. No se trata simplemente de producir frases breves. Se trata de traducir problemas complejos en ideas comprensibles sin caer en la banalidad.
Seguridad, salud, educación, empleo, energía, agua, corrupción, desigualdad y crecimiento económico son asuntos técnicos, pero también experiencias humanas.
La inseguridad no es una cifra: es el miedo de abrir un negocio, viajar por una carretera o esperar a que un hijo regrese a casa. La crisis de salud no es únicamente una discusión presupuestal: es una receta que no puede surtirse, una operación aplazada o una familia obligada a endeudarse. El deterioro educativo no es solamente una caída en una evaluación: es un niño que llega a secundaria sin comprender lo que lee y un joven que abandona la escuela porque no encuentra sentido ni posibilidades en ella.
El buen mensaje político convierte las estadísticas en significado. Pero para hacerlo se requieren equipos capaces de pensar fuera de las trincheras partidistas.
Quienes viven todos los días dentro de la confrontación pueden terminar envejecidos por la pelea. Sobreviven entre intrigas, agravios, filtraciones, verdades a medias y acusaciones permanentes. Esa experiencia es valiosa, pero también puede impedirles escuchar cómo piensa una persona que no vive dentro de la política. Una campaña necesita combatientes, pero también intérpretes.
La paradoja de las campañas cortas y la política permanente
La transición democrática mexicana produjo uno de los sistemas de regulación electoral más complejos del mundo. Después de décadas en las que el partido gobernante utilizó los recursos del Estado para favorecer a sus candidatos, el nuevo régimen buscó garantizar condiciones de equidad mediante una amplia red de restricciones jurídicas.
Se limitaron los tiempos de campaña. Se prohibió la contratación privada de propaganda en radio y televisión. Se establecieron reglas estrictas sobre financiamiento, promoción personalizada y actos anticipados de campaña. La intención era legítima: impedir que el dinero, el aparato gubernamental o las ventajas del poder distorsionaran la competencia democrática.
Sin embargo, con el paso del tiempo apareció una paradoja que pocos previeron. En el intento por regular la competencia electoral, el sistema comenzó también a regular la propia actividad política. Poco a poco se instaló una cultura institucional según la cual quien aspira a gobernar debe mantenerse inmóvil durante largos periodos. Los mensajes se repiten una y otra vez: no se pronuncie, no recorra el país, no convoque, no pida apoyo, no haga política antes de los tiempos autorizados. Como si la construcción de un liderazgo nacional pudiera suspenderse por decreto.
La consecuencia resulta contradictoria. Mientras la oposición permanece sometida a un estricto calendario electoral, quienes ejercen el poder continúan ocupando diariamente el espacio público. Gobernar también comunica. Gobernar también construye liderazgo. Gobernar también organiza estructuras políticas, define la agenda pública y mantiene presencia territorial.
La separación absoluta entre gobierno y política nunca ha existido. Todo gobierno produce efectos políticos. Toda decisión pública modifica percepciones, fortalece liderazgos y construye narrativas. Pretender que la oposición permanezca políticamente congelada mientras el gobierno continúa ejerciendo esa influencia genera una asimetría difícil de ignorar.
En los últimos años esta diferencia se ha hecho todavía más evidente mediante figuras políticas que, formalmente, no constituyen candidaturas, pero que cumplen muchas de sus funciones. Coordinadores nacionales, responsables de organización, enlaces territoriales, promotores de proyectos o encargados de distintas tareas permiten recorrer el país, organizar simpatizantes, consolidar estructuras y construir reconocimiento público antes del inicio formal de las campañas.
El fenómeno no consiste únicamente en una violación aislada de la norma. Refleja algo más profundo: cuando la realidad política necesita encontrar constantemente mecanismos para rodear las restricciones legales, quizá el problema ya no sea solamente el comportamiento de los actores, sino el diseño mismo de las reglas.
Las leyes electorales nacieron para impedir abusos, no para prohibir la política. Una democracia madura requiere controles efectivos sobre el uso de recursos públicos, transparencia en el financiamiento y equidad en la competencia. Pero también necesita reconocer que la construcción de liderazgos, la organización ciudadana, el debate público y el contacto permanente con la sociedad forman parte de la esencia de la política democrática y no deberían convertirse, por sí mismos, en conductas sospechosas.
Quizá ha llegado el momento de revisar esa arquitectura normativa. La equidad no consiste en inmovilizar a todos los competidores, sino en impedir que alguno utilice indebidamente el poder del Estado para obtener ventajas. Son dos objetivos distintos. Confundirlos ha terminado por producir campañas cada vez más cortas en el papel y procesos políticos cada vez más largos, informales y disfrazados en la práctica.
En México ya no existen únicamente campañas anticipadas. Existen precampañas invisibles, construidas mediante figuras jurídicas que cambian de nombre, pero no de función. La política continúa; simplemente deja de llamarse política.
La democracia necesita reglas electorales, pero también necesita política. Cuando las normas terminan castigando la actividad política legítima más que el abuso del poder, la competencia deja de hacerse más equitativa y comienza a hacerse más ficticia. Entonces aparecen las campañas camufladas, los cargos inventados y las candidaturas sin nombre. No desaparece la política; simplemente se disfraza.
Tres años pueden no ser suficientes
Aceptar competir por una candidatura presidencial significa comprender que ya no habrá verdadera tregua. Desde el momento cuando una persona se presenta como posible contendiente frente al régimen de la llamada Cuarta Transformación, comenzará a ser evaluada, atacada y comparada. Sus errores serán amplificados y sus contradicciones quedarán registradas.
Por eso, quizá tres años no sean suficientes para construir una alternativa presidencial competitiva, especialmente cuando el oficialismo posee una narrativa consolidada, una estructura nacional y un liderazgo que se reproduce desde el poder.
No basta con aparecer durante el proceso electoral. Se necesita tiempo para recorrer el territorio, construir una causa, formar cuadros, reclutar voluntarios, reconciliar grupos, superar resistencias partidistas, elaborar propuestas, recaudar recursos lícitos y establecer una identidad suficientemente clara para que el ciudadano pueda reconocerla.
También se requiere salir de la comodidad de los propios y entrar en la incomodidad de los ajenos: ciudadanos que no participan en mítines, que no siguen diariamente las noticias, que desconfían de los partidos y que solamente desean ser escuchados por alguien que comprenda cómo viven, qué les duele, qué les falta y hacia dónde podría dirigirse el país.
Andrés Manuel López Obrador entendió esa dimensión de la política. Recorrió durante años municipios, plazas, caminos y comunidades. Convirtió la persistencia en identidad y la derrota en una narrativa de resistencia. Su triunfo de 2018 no fue resultado de una campaña de unos cuantos meses: fue la culminación de un proceso político construido durante décadas.
Francisco Labastida en 2000 y Roberto Madrazo en 2006 intentaron activar candidaturas desde una maquinaria partidista que ya no representaba el mismo vínculo social que había tenido en el pasado. Sus recorridos no lograron sustituir la pérdida de autoridad política y narrativa del PRI.
En 2024, Claudia Sheinbaum construyó su candidatura desde la continuidad de un movimiento gobernante, respaldada por la popularidad presidencial y una coalición territorial consolidada. Xóchitl Gálvez produjo un momento inicial de entusiasmo y conectó con sectores importantes de la oposición, pero su candidatura comenzó demasiado tarde, dependió de partidos desacreditados y nunca logró transformar aquella irrupción en una mayoría social organizada. El resultado fue contundente: Sheinbaum obtuvo 59.76% de los votos; Gálvez, 27.45%, y Álvarez Máynez, 10.32%. La elección demostró que una candidatura puede surgir rápidamente, pero una mayoría nacional no.
Coaliciones, candidaturas comunes y la construcción del liderazgo
Otro de los cambios silenciosos que ha experimentado la democracia mexicana se encuentra en la manera en que se construyen las candidaturas presidenciales.
En principio, las reglas electorales fueron diseñadas para facilitar la cooperación entre partidos y evitar la fragmentación excesiva del voto. De este objetivo surgieron figuras como las coaliciones y las candidaturas comunes, que permiten a distintas fuerzas políticas respaldar a un mismo candidato bajo diversos emblemas partidistas.
Desde una perspectiva estrictamente electoral, este mecanismo puede resultar eficiente. Sin embargo, desde una perspectiva política más amplia, introduce nuevos desafíos.
Cuando el ciudadano encuentra en la boleta a un mismo candidato respaldado por varios partidos, la competencia deja de producir una confrontación clara entre proyectos políticos diferenciados. En su lugar, los aspirantes comienzan a presentarse como representantes de un bloque electoral cuya cohesión muchas veces todavía no existe en la realidad. Como consecuencia, las diferencias programáticas se difuminan y las identidades partidistas tienden a subordinarse a una candidatura construida desde las dirigencias nacionales.
Este fenómeno también transforma los incentivos internos de los partidos. Las organizaciones con menor fuerza territorial suelen quedar absorbidas por las estructuras de sus aliados más grandes. En lugar de fortalecer su propia identidad, sus cuadros y su liderazgo, terminan funcionando como componentes de una maquinaria electoral común.
En el corto plazo, la coalición puede sumar votos. Sin embargo, en el mediano y largo plazo, también puede debilitar la capacidad de renovación de las fuerzas políticas que la integran. A este proceso se suma un segundo cambio igualmente relevante: la sustitución gradual de las elecciones primarias por mecanismos de selección basados en encuestas.
Las encuestas son herramientas útiles para conocer niveles de reconocimiento público, tendencias generales o posicionamiento relativo de los aspirantes. No obstante, difícilmente pueden sustituir el proceso político que implica una competencia interna abierta.
Una elección primaria, en cambio, obliga al aspirante a construir organización territorial, persuadir militantes, debatir ideas, responder críticas, enfrentar campañas de contraste y demostrar capacidad para movilizar voluntarios y generar consensos. En otras palabras, somete al futuro candidato a una primera prueba de liderazgo político.
Pero además cumple una función menos visible y quizá más decisiva: permite probar estructuras reales de movilización. Una primaria no sólo mide popularidad; pone a prueba la capacidad de cada aspirante para activar redes territoriales, coordinar equipos, operar en campo y traducir apoyo simbólico en participación efectiva. En ese proceso se revelan fortalezas organizativas, pero también debilidades logísticas, conflictos internos y zonas donde el respaldo es más frágil de lo que las encuestas sugieren.
Esa experiencia temprana también tiene un valor correctivo. Las primarias obligan a detectar errores de estrategia, ajustar mensajes, depurar equipos y rehacer alianzas internas. En una contienda abierta dentro del partido, los aspirantes no sólo compiten: también aprenden qué coaliciones son viables, cuáles liderazgos locales son confiables y qué acuerdos deben reconstruirse o abandonarse antes de la elección constitucional. En ese sentido, la primaria funciona como un laboratorio político donde se afinan tanto la campaña como la propia arquitectura de apoyo.
La encuesta, por su parte, funciona como una fotografía de un momento determinado. Registra percepciones existentes, pero no necesariamente mide la capacidad de un liderazgo para crecer durante una campaña intensa, resistir ataques, articular equipos o ampliar su base social más allá del simple reconocimiento de su nombre.
La consecuencia de esta sustitución es significativa. Cada vez con mayor frecuencia, los partidos llegan a la elección constitucional con candidatos que nunca enfrentaron una verdadera competencia política interna. Han sido medidos, pero no probados. Han sido evaluados demoscópicamente, pero no necesariamente legitimados mediante la deliberación, la movilización de sus propias bases ni la verificación práctica de su capacidad organizativa.
Paradójicamente, mientras la legislación electoral busca fortalecer la democracia interna de los partidos, muchas de las prácticas contemporáneas han reducido los espacios donde los liderazgos se forman, se confrontan y se consolidan.
En este contexto, una democracia representativa no sólo necesita reglas para contar votos. También requiere procedimientos que permitan descubrir quién posee realmente la capacidad de conducir una mayoría política.
Esa legitimidad difícilmente puede construirse únicamente mediante acuerdos entre dirigencias o mediciones de opinión. Se fortalece, más bien, cuando los liderazgos recorren el territorio, persuaden a sus propios simpatizantes, ponen a prueba sus estructuras de movilización, corrigen errores en competencia interna, rehacen alianzas cuando es necesario, resisten la confrontación y demuestran, antes de la elección constitucional, que son capaces de construir una mayoría política auténtica.
¿Qué significa ser político?
La oposición mexicana se siente huérfana, pero también se encuentra frente a una oportunidad. Existen personajes atractivos, con energía, trayectoria y capacidades suficientes para intentarlo. Algunos todavía no aparecen en las marquesinas nacionales. Otros son conocidos solamente en sus estados, en determinados sectores sociales o dentro de sus partidos.
Deben darse prisa, pero no precipitarse. Construir una candidatura no significa anunciarla prematuramente. Significa comenzar a comportarse como alguien capaz de representar al país: estudiar, recorrer, escuchar, formar equipo, asumir causas y demostrar capacidad para enfrentar problemas reales.
Ser político es difícil. Requiere una clase particular de valor. No es lo mismo que ser empresario, aunque un empresario pueda convertirse en político. No es ser una celebridad de las redes sociales, aunque la comunicación digital sea indispensable. No es ser académico, aunque gobernar exija cultura, preparación y conocimiento del mundo. No es ser conductor de televisión ni líder de opinión, aunque la exposición mediática ayude. Tampoco es ser periodista, aunque el periodismo y la política compartan el interés por la vida pública.
Ser político requiere un poco de todo eso, pero además exige algo diferente: la capacidad de representar a otros. Implica transformar intereses dispersos en una causa común; construir acuerdos entre personas que no piensan igual; decidir bajo presión; asumir costos; ejercer autoridad y conservar al mismo tiempo la sensibilidad para escuchar.
Casi todo se aprende entrando al ruedo. Pero el ruedo revela rápidamente qué materiales existen en cada persona. La campaña puede enseñar a hablar mejor, ordenar una agenda, corregir gestos y disciplinar un mensaje. Lo que no puede hacer fácilmente es fabricar convicciones, valor, empatía, sentido político o capacidad de resistir.
Por eso no se puede inventar un candidato presidencial desde la nada. Sí se puede descubrirlo, formarlo, disciplinarlo, proyectarlo y construir alrededor de él una mayoría. Pero primero debe existir una persona dispuesta a pagar el precio. Y después debe existir una causa por la que valga la pena hacerlo.