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¿Es posible ganarle una elección a Morena?
Una nueva narrativa para construir una nueva mayoría democrática
“La oposición perdió primero la batalla de la memoria y después perdió las elecciones.”
“La oposición sigue peleando contra el PRI del siglo XX, cuando el sistema político mexicano ya cambió de eje y el perfil electoral de sus ciudadanos también.”
Entonces, ¿es posible ganarle a Morena? La respuesta fácil es sí: sí es posible ganarle una elección a Morena. Pero esto no ocurrirá si la oposición sigue creyendo que basta con denunciar al régimen, señalar sus errores o esperar su desgaste. Las elecciones no se ganan solamente con indignación. Se ganan con narrativa, organización, alegría, futuro y una idea clara de país.
Morena no llegó al poder por accidente. Llegó porque contó una historia que millones de mexicanos consideraron creíble: la historia de un país cansado de la corrupción, de una clase política distante, de una desigualdad persistente y de gobiernos que habían perdido autoridad moral para volver a pedir la confianza ciudadana.
Morena no se limitó a restaurar el antiguo régimen; ocupó el espacio político que dejó vacante el colapso del PRI, pero lo hizo con una legitimidad de origen distinta, una narrativa diferente y una organización todavía en construcción. Sin embargo, las elecciones no se explican únicamente por procesos históricos de largo plazo. Los electores rara vez votan pensando en treinta años de historia; votan a partir de recuerdos políticos mucho más recientes. La memoria electoral es corta y profundamente emocional.
En ese contexto, el último gran recuerdo que antecedió a la elección de 2018 fue el sexenio de Enrique Peña Nieto. Para millones de ciudadanos, ese gobierno terminó simbolizando corrupción, frivolidad, impunidad y desconexión con la sociedad. La percepción pública quedó marcada por los escándalos y por una pérdida acelerada de credibilidad.
A ello se sumó el efecto político del Pacto por México. Nacido con la intención de construir acuerdos legislativos para impulsar reformas estructurales, terminó siendo percibido como un entendimiento entre las principales fuerzas políticas tradicionales. Esa percepción debilitó la capacidad de los partidos firmantes para presentarse como alternativas entre sí y favoreció la narrativa de quien permanecía fuera de ese acuerdo: Andrés Manuel López Obrador y el movimiento que después se consolidaría como Morena.
Mientras el PRI, el PAN y el PRD aparecían ante muchos ciudadanos como actores de un mismo sistema político, Morena pudo presentarse como la única fuerza ajena a ese arreglo. Esa diferencia narrativa resultó decisiva. La oposición dejó de parecer oposición y el gobierno dejó de tener un adversario claramente diferenciado. El espacio político del cambio quedó prácticamente monopolizado por un solo movimiento.
Existe una reflexión que el PAN necesita hacer consigo mismo si desea volver a ser una alternativa de gobierno. El PAN no perdió la Presidencia de la República en 2018. Quien perdió el poder fue el PRI, el mismo partido que la había recuperado en 2012 después de dos sexenios de gobiernos panistas. Esta diferencia, que parece menor, tiene enormes consecuencias narrativas.
Sin embargo, después de 2018 el PAN terminó aceptando una narrativa que colocó a sus dos administraciones y al último gobierno priísta dentro de un mismo paquete de responsabilidades. Al hacerlo, renunció a explicar sus propias diferencias, a defender sus logros y a recordar por qué millones de mexicanos le habían confiado el gobierno del país durante doce años. Esa decisión debilitó su identidad política. En lugar de contrastar dos proyectos distintos de gobierno, permitió que se instalara la percepción de que todos representaban exactamente lo mismo. Cuando un partido acepta la narrativa de su adversario, comienza a perder antes de iniciar la competencia.
Los gobiernos panistas tuvieron errores, algunos de ellos importantes. Sería absurdo negarlos. Pero también impulsaron instituciones, reformas y políticas públicas que todavía son valoradas por amplios sectores de la sociedad. En democracia, defender los aciertos no significa ocultar las equivocaciones; significa ofrecer una evaluación equilibrada de la propia historia.
Existe, además, una diferencia que muchos ciudadanos perciben. En la memoria pública, el último gobierno priísta quedó profundamente asociado con escándalos de corrupción, frivolidad y pérdida de confianza. Esa imagen terminó afectando no sólo al PRI, sino al conjunto de los partidos tradicionales. Sin embargo, las responsabilidades políticas no fueron idénticas, y la narrativa opositora rara vez hizo el esfuerzo por explicarlo.
El resultado fue paradójico. El partido que durante décadas había sido el principal adversario del PRI terminó apareciendo, para muchos ciudadanos, como parte del mismo problema. Esa confusión benefició directamente a Morena, que pudo presentarse como la única alternativa de cambio y concentró rápidamente dos tercios de la aprobación ciudadana.
Existe otra confusión histórica que la oposición necesita superar. Las derrotas de 2012 y de 2018 no fueron la misma derrota. Fueron procesos políticos completamente distintos y obedecieron a causas diferentes. La derrota del PAN en 2012 fue la derrota de un gobierno después de dos sexenios de ejercicio del poder. Llegó en un contexto marcado por el desgaste propio de gobernar, por una crisis de seguridad que dominó buena parte de la conversación pública y por la capacidad del gobierno del Estado de México para construir una narrativa de renovación.
El PRI logró entonces una narrativa extraordinariamente eficaz. Enrique Peña Nieto apareció ante millones de electores como el rostro de la renovación: prometía eficacia administrativa, capacidad para construir acuerdos y el regreso de un Estado que parecía haber recuperado orden y rumbo. Más que un regreso al pasado, logró vender la idea de un PRI distinto, moderno y reformista.
La expectativa fue enorme y, precisamente por eso, la decepción posterior resultó igualmente profunda. La distancia entre la promesa y la experiencia de gobierno erosionó rápidamente la legitimidad del proyecto priísta. Lo que se había presentado como una renovación terminó siendo percibido por amplios sectores como la confirmación de los viejos vicios del sistema político: corrupción, frivolidad, impunidad y una creciente desconexión con la sociedad.
Por ello, la derrota de 2018 tuvo una naturaleza distinta. Fue una derrota típicamente priísta. En apenas un sexenio, el gobierno perdió de manera simultánea autoridad moral, capacidad narrativa y legitimidad política. Los escándalos de corrupción, la percepción de frivolidad, el deterioro de la confianza y el creciente rechazo social terminaron por vaciar de credibilidad al proyecto que había llegado al poder apenas seis años antes.
A ello se sumó otro fenómeno menos estudiado: el programa de reformas estructurales dejó de representar esperanza para una parte importante de la sociedad. Muchas de esas reformas fueron derrotadas en el terreno de la opinión pública por una movilización política y social que logró presentarlas como ajenas a las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos. La racionalidad tecnocrática terminó perdiendo la disputa frente a una narrativa emocional mucho más poderosa.
En ese proceso, el PRI no sólo perdió una elección: perdió su condición de partido importante en el sistema político mexicano y, con ella, su futuro. Su base electoral comenzó a trasladarse de manera acelerada hacia Morena, que ocupó el espacio que durante décadas había pertenecido al viejo partido hegemónico.
Paradójicamente, el PRI terminó desempeñando un papel semejante al que durante décadas había ocupado el PARM: un partido con escasa capacidad para disputar realmente el poder, adversario coyuntural del modelo vigente, cada vez más distante de la centralidad política nacional, ajeno al gobierno y, en ciertos momentos, radicalizado.
Morena, por su parte, heredó parte de las funciones políticas que alguna vez ejerció el PRI: la construcción de una amplia coalición social, la articulación territorial del poder y la capacidad de presentarse como el eje alrededor del cual gira la competencia política. Sin embargo, esa comparación tiene límites. El PRI del siglo XX fue también una organización con una compleja escuela de formación política, cuadros administrativos, corrientes intelectuales, mecanismos internos de negociación y una experiencia institucional acumulada durante décadas. Morena responde a una lógica distinta, construida alrededor de un liderazgo fundacional, de una amplia coalición electoral y de una narrativa de transformación llena de mitos y aproximaciones que aún se encuentra en proceso de institucionalización y que poco a poco pierde consistencia.
Comprender esa diferencia resulta indispensable. Quien crea que está compitiendo contra el PRI de los años ochenta diseñará una estrategia equivocada. Pero quien ignore que Morena ocupa hoy buena parte del espacio político y simbólico que alguna vez ocupó el PRI también cometerá un error de diagnóstico. Las elecciones no se ganan enfrentando al adversario que existió hace treinta años, sino entendiendo al adversario que existe hoy.
El PAN, en cambio, necesita recuperar su propia historia; no para vivir de ella, sino para explicar quién fue, qué hizo bien, qué hizo mal y por qué hoy propone un camino distinto. Ningún partido puede construir una narrativa de futuro si antes renuncia a comprender su propio pasado. La política no exige amnesia: exige memoria crítica. Reconocer errores fortalece la credibilidad; renunciar a los propios aciertos debilita la identidad.
Si el PAN aspira a volver a gobernar, debe dejar de pedir perdón por existir y comenzar a explicar, con serenidad y convicción, por qué su experiencia de gobierno fue distinta de la del PRI y por qué cree haber aprendido de sus propios errores. Sólo así podrá volver a competir por el futuro sin quedar atrapado en la narrativa de otros.
Ésa es una lección que no debe olvidarse. Las grandes derrotas electorales no siempre ocurren el día de la votación; muchas veces comienzan años antes, cuando las narrativas dejan de distinguir con claridad a los actores políticos y los ciudadanos concluyen que todos representan lo mismo. El PAN, por ejemplo, apoyó la agenda del Pacto por México, pero no fue responsable de su operación: los conflictos derivados de esa operación fallida —con el sector petrolero, con la izquierda movilizadora y con el sindicalismo magisterial— corresponden al gobierno priísta de Peña Nieto. Principalmente si en algunas generaciones de docentes y petroleros su imagen está intacta.
Decirlo no es un ejercicio de nostalgia ni un ajuste de cuentas con el pasado. Es una condición indispensable para construir una alternativa creíble. Ningún proyecto político puede recuperar la confianza de los ciudadanos si antes no reconoce con honestidad por qué la perdió.
En política existe una diferencia entre la prudencia y la evasión. La prudencia ayuda a construir acuerdos; la evasión termina pareciéndose a la hipocresía. La ciudadanía no exige dirigentes perfectos. Exige dirigentes capaces de mirar de frente sus errores, asumir responsabilidades y demostrar que aprendieron de ellos. Sólo así puede comenzar una nueva historia.
Por eso la oposición no puede responder con nostalgia. No puede pedirle al elector que regrese al pasado como si nada hubiera ocurrido. Tampoco puede limitarse a decir que Morena destruyó todo, porque el ciudadano común no vive la política como la viven los dirigentes, los analistas o las redes sociales. El elector compara su vida cotidiana: sus apoyos, su expectativa de futuro, su miedo, su empleo, la escuela de sus hijos, la seguridad de su colonia y la sensación de que alguien lo mira o lo ignora.
En síntesis, la derrota del PAN en 2012 fue muy distinta de la que sufriría el PRI seis años después. Para el PAN fue una alternancia más, bastante incómoda, pero alternancia al fin; para el PRI fue el colapso de un régimen. Esa explicación, sin embargo, resulta insuficiente, pues también hubo factores internos que debilitaron al PAN; este partido llegó a la elección dividido entre una tradición liberal y democrática de gobierno y una lógica de nomenclatura partidista pro empresarial y antisindical que terminó influyendo en la construcción de su candidatura y en su estrategia electoral. Esa tensión redujo su capacidad para proyectar continuidad, confianza y liderazgo en un momento particularmente complejo, y Josefina Vázquez Mota terminó en tercer lugar. Comprender esa diferencia es fundamental: en 2012 el PAN perdió una elección; en 2018 el PRI perdió la confianza histórica de buena parte de su base electoral. Confundir ambos procesos ha llevado a la oposición a construir diagnósticos equivocados y, en consecuencia, estrategias igualmente equivocadas.
Lo que está en juego
La primera tarea, entonces, es entender qué está en juego.
Está en juego si México será una democracia con contrapesos o un régimen dominado por una sola fuerza política. Está en juego si los programas sociales serán derechos ciudadanos o instrumentos de control electoral. Está en juego si la justicia será igual para todos o dependerá de la cercanía con el poder. Está en juego si el país enfrentará al crimen organizado con Estado, inteligencia e instituciones, o si seguirá normalizando territorios capturados por el miedo. Está en juego si educaremos para el futuro o si condenaremos a millones de niñas, niños y jóvenes a una escuela encerrada en sí misma, distante de la ciencia, del inglés, de la tecnología y de la inteligencia artificial. Pero también está en juego algo más profundo: quién será capaz de ofrecer esperanza.
Morena construyó su fuerza sobre una narrativa de reparación. Le dijo a millones de mexicanos: ustedes fueron olvidados y nosotros los vamos a poner al centro y lo hizo. La oposición debe responder con una narrativa superior: sí, México necesitaba justicia social, pero la justicia social no puede depender de un solo partido ni de un solo liderazgo; sí, los apoyos sociales son importantes, pero deben convertirse en escalones de progreso y no en cadenas de dependencia; sí, la política debe mirar primero a quienes menos tienen, pero sin destruir instituciones, sin debilitar la ley y sin convertir la vida pública en una guerra permanente entre buenos y malos.
La nueva narrativa debe decir con claridad: no queremos quitar derechos, queremos hacerlos realidad; no queremos regresar al pasado, queremos superar esta etapa; no queremos gobernar desde el enojo, queremos gobernar desde la eficacia, la libertad y la responsabilidad.
Ahí está el punto central. A Morena no se le gana diciendo solamente “no”. Se le gana diciendo “sí, pero mejor”. Sí a los programas sociales, pero con reglas claras, evaluación y una salida hacia el empleo, la educación y la autonomía. Sí a la soberanía nacional, pero con empresas públicas eficientes y finanzas responsables. Sí al reconocimiento del pueblo, pero sin dividir a México entre ciudadanos buenos y ciudadanos sospechosos. Sí a la transformación, pero con democracia, seguridad, justicia, crecimiento y futuro.
La oposición debe abandonar la trampa de discutir únicamente los símbolos del régimen. Pemex, por ejemplo, no es sólo una empresa en la imaginación popular: es un símbolo nacional. Atacar ese símbolo sin explicar una ruta de modernización energética equivale a regalarle al gobierno la defensa emocional de la patria. Lo mismo ocurre con la salud. La gente no quiere regresar a una marca administrativa del pasado; quiere atención médica real, medicamentos, hospitales, médicos suficientes y certidumbre. La pregunta no es si volvemos a lo anterior, sino cómo construimos un sistema universal que funcione.
En educación, la diferencia debe ser todavía más clara. No se trata de volver mecánicamente a modelos previos ni de aceptar sin crítica el presente, sino de preparar a México para el siglo XXI. Escuelas de tiempo completo, alimentación escolar, maestros de tiempo completo, lectura profunda, pensamiento matemático, ciencia, inglés, cultura digital e inteligencia artificial deben convertirse en el corazón de una nueva agenda educativa. El país no puede educar para comunidades cerradas mientras el mundo entra de lleno en la economía del conocimiento.
Seguridad, Estado y Fuerzas Armadas
En seguridad, la narrativa debe ser firme y responsable. México necesita recuperar plenamente el control territorial del Estado. Eso no significa elegir entre las Fuerzas Armadas y las policías civiles, como si fueran proyectos incompatibles, ni militarizar sin estrategia, ni policías civiles débiles y sin entrenamiento. Significa construir un sistema de seguridad donde cada institución cumpla la función para la que fue concebida: inteligencia, coordinación, investigación criminal, fiscalías eficaces, policías profesionales, controles internos rigurosos y una presencia legítima del Estado en todo el territorio nacional. La democracia no puede convivir indefinidamente con regiones donde el crimen organizado condiciona la vida cotidiana, la inversión, la competencia económica o incluso la participación política.
Pero sería igualmente un error construir una alternativa política enfrentándose a una de las instituciones que conserva mayor reconocimiento social entre los mexicanos. Plantear un proyecto de seguridad sin reconocer el esfuerzo, el sacrificio y la disciplina de las Fuerzas Armadas sería políticamente estéril e institucionalmente injusto.
El Ejército mexicano tiene una característica histórica que lo distingue de muchos otros en el mundo. No es una institución separada de la sociedad ni proviene de una aristocracia militar. Sus integrantes son, en su inmensa mayoría, hombres y mujeres originarios de familias de todos los rincones del país. En ese sentido, el Ejército es una expresión del propio pueblo organizado para la defensa del Estado mexicano, y su legitimidad social descansa precisamente en ese origen.
Reconocer esa realidad no implica renunciar al principio democrático del control civil sobre las Fuerzas Armadas ni dejar de debatir cuáles deben ser los límites de su participación en tareas administrativas o de seguridad pública. Esas son discusiones legítimas en cualquier democracia. Pero una cosa es discutir el alcance de sus funciones y otra muy distinta desacreditar a la institución como si fuera un adversario político.
La oposición comete un error estratégico cuando transmite la impresión de que su proyecto consiste en confrontar al Ejército. Millones de ciudadanos no comparten esa visión: ven en las Fuerzas Armadas una institución nacional, cercana y confiable. Una alternativa democrática inteligente debe partir de ese reconocimiento y plantear una propuesta clara: fortalecer al Ejército en las misiones que le corresponden, reconstruir las policías civiles, profesionalizar las fiscalías y establecer mecanismos eficaces de coordinación y rendición de cuentas.
La verdadera pregunta no es si México necesita Fuerzas Armadas fuertes o instituciones civiles fuertes. Necesita ambas. Un Estado moderno requiere un Ejército profesional, respetado y subordinado al orden constitucional, así como policías y ministerios públicos capaces de garantizar la seguridad cotidiana de los ciudadanos. El problema de la seguridad pública es enorme y no se resolverá sin la ayuda del ejército. La dimensión de los grupos armados supera a cualquier institución policiaca.
La seguridad no puede convertirse en una disputa ideológica: debe convertirse en un compromiso nacional. El ciudadano no votará por quien ataque a las instituciones que le generan confianza, sino por quien sea capaz de articularlas en un proyecto de Estado eficaz, democrático y orientado a recuperar la paz.
Una nueva mayoría democrática
Para que esta narrativa sea creíble, la oposición debe hacer autocrítica. Debe reconocer que hubo corrupción, frivolidad, errores estratégicos y desconexión social, y decirlo sin evasivas: entendimos el mensaje. No venimos a restaurar privilegios ni a repetir viejas prácticas. Venimos a construir una nueva mayoría democrática que cuide lo que sirve, corrija lo que falla y ponga límites al poder.
Esa mayoría no se construirá desde la pureza partidista, sino en el territorio. Donde el PAN tenga fuerza ciudadana, debe abrirse a una agenda moderna y social. Donde Movimiento Ciudadano represente renovación, debe entender que ninguna renovación sirve si facilita la continuidad de un régimen sin contrapesos. Donde el PRI conserve estructura territorial y liderazgos locales valiosos, debe asumir un papel subordinado a una causa democrática más amplia y no a la nostalgia de su antiguo poder. La estrategia no puede ser una sola para todo el país: debe ser nacional en su narrativa y local en su operación.
La historia que debe contarse es sencilla: México ya corrigió una parte del pasado, pero ahora necesita corregir los excesos del presente. El país no quiere volver atrás, pero tampoco quiere quedar atrapado en una transformación que se volvió rígida, facciosa y autorreferencial. México necesita una segunda alternancia democrática: una alternancia que conserve la preocupación social, recupere la libertad, reconstruya instituciones y abra una etapa de prosperidad compartida.
Ésa es la narrativa: no volver al viejo régimen, sino superar al nuevo régimen.
A Morena se le puede ganar si la oposición deja de hablarle solamente a los convencidos y comienza a hablarle a la mayoría; si deja de administrar derrotas morales y empieza a construir victorias posibles; si deja de moverse por enojo y empieza a moverse por esperanza; si entiende que el elector no quiere miedo, quiere futuro.
La democracia mexicana necesita una alternativa que diga con serenidad y fuerza: aprendimos de nuestros errores, reconocemos lo que México reclamó, sabemos lo que está en juego y estamos listos para gobernar mejor.
Porque ninguna elección grande se gana desde la tristeza. Se gana cuando una sociedad descubre que todavía puede confiar, avanzar y volver a elegir un futuro.
La nueva épica democrática
Si sólo nos quejamos de lo que ocurre, paralizamos el presente. Nos convertimos en estatuas de sal que miran hacia atrás, atrapadas en el lamento de lo perdido, incapaces de caminar hacia lo que todavía puede construirse. Y los ciudadanos no se identifican con estatuas de sal: nadie sigue a quien sólo sangra, se queja y anuncia su derrota antes de la batalla.
La política democrática necesita una nueva épica. No una épica falsa, triunfalista o ingenua, sino una épica de ciudadanos libres que entienden la dificultad del momento y, aun así, deciden actuar. Sí, el régimen es fuerte; sí, ha acumulado poder; sí, mediante reformas, arreglos, presiones, clientelas y ventajas institucionales ha logrado controlar amplias zonas de la vida pública. Pero ese control nunca es absoluto mientras el voto siga existiendo, mientras haya territorio, conversación, organización y voluntad ciudadana.
La oposición comete un error enorme cuando repite todos los días que el adversario está en todas partes, que lo controla todo, que decide todo, que posee al INE, al Congreso, a los gobiernos locales, a los programas sociales, a las instituciones, a la conversación pública y hasta el ánimo nacional. Si eso fuera completamente cierto, ¿para qué convocar a la lucha? ¿Para qué pedirle al ciudadano que salga a votar? ¿Para qué organizarse? ¿Para qué disputar una elección?
Una oposición que sólo llora no inspira. Una oposición que sólo sangra no convoca. Una oposición que sólo denuncia su debilidad termina produciendo más debilidad.
El ciudadano no quiere seguir a dirigentes que se presentan como víctimas permanentes. Quiere seguir a quienes reconocen la dificultad, pero también muestran camino. Quiere escuchar una voz que le diga: sí, ellos son fuertes, pero no invencibles; sí, tienen poder, pero no tienen tu voto; sí, controlan muchas instituciones, pero no controlan tu decisión; sí, han construido una maquinaria formidable, pero ninguna maquinaria derrota a una ciudadanía despierta, organizada y decidida.
La nueva narrativa democrática debe dejar de hablar como si la elección ya estuviera perdida. Debe hablar como quien convoca a una causa posible. Porque la política no es el arte de lamentar lo que nos hicieron; es el arte de organizar lo que todavía podemos hacer.
La oposición necesita dejar de ser la comunidad del agravio y convertirse en la comunidad del porvenir. Debe dejar de decirle al ciudadano “mira cuánto daño nos han hecho” y comenzar a decirle “mira cuánto podemos reconstruir juntos”. Debe abandonar el tono de derrota anticipada y recuperar la energía de quien sabe que una elección se gana en la calle, en la conversación, en el barrio, en la escuela, en la familia, en la casilla y en la imaginación moral de un país.
La épica no consiste en negar la fuerza del adversario. Consiste en recordarle al ciudadano que ningún régimen es más fuerte que una mayoría que decide cambiar. La verdadera fuerza no está en el aparato, sino en la gente: cuando deja de tener miedo, cuando deja de sentirse sola y cuando descubre que su voto no es una queja, sino una decisión de futuro.
Por eso la narrativa debe cambiar de raíz. No más oposición llorona. No más política de la herida abierta. No más dirigentes que piden confianza mientras comunican derrota. La democracia necesita carácter, serenidad, alegría y coraje. Necesita líderes que no sangren frente al ciudadano, sino que lo convoquen; que no se quejen del tamaño del adversario, sino que expliquen cómo derrotarlo; que no conviertan cada abuso en resignación, sino cada abuso en organización.
A Morena no se le gana desde el lamento. Se le gana desde una nueva esperanza democrática. Se le gana diciendo con claridad: ellos tienen mucho poder, pero no tienen el futuro escrito; ellos tienen estructura, pero nosotros podemos construir mayoría; ellos tienen gobierno, pero el ciudadano conserva la última palabra.
Y esa palabra se llama voto.
Morena no será derrotada por el desgaste del poder. Será derrotada cuando otra fuerza política sea capaz de contar una historia más convincente sobre el futuro de México. La democracia nunca premia al partido que mejor explica el pasado: premia al que logra convencer a la mayoría de que puede construir el mañana. El futuro no pertenece a quien administra el miedo, sino a quien organiza la esperanza. Ésa es la verdadera elección que México tiene por delante.